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27 agosto, 2026

 

Cucharones, cucharas y cucharillas


Este agosto he aprendido algo dando de comer a una persona mayor enferma.

Cuando hay dificultades para tragar, llega un tazón de comida triturada y una cuchara sopera. Y descubres que dar de comer requiere bastante más paciencia de la que uno imagina.

El primer día quieres terminar cuanto antes. Cargas bien la cuchara, intentas mantener un cierto ritmo… y la persona se cansa. Para. Y aparece el temido: "No tengo hambre"

Con paciencia, práctica y cariño, aprendes. Cargas menos la cuchara. Vas más despacio. Esperas. A veces cambias la cuchara sopera por una cucharilla. Y, curiosamente, aquello que parecía que no iba a terminar nunca, termina. Todo el tazón. Y sientes esa pequeña satisfacción que producen las cosas aparentemente insignificantes cuando sabes que están bien hechas.

También he aprendido que el pico y pala funciona. Aunque el pico sea una cucharilla de café. Y esto tiene cierta gracia porque hace unos años escribí sobre un viejo anuncio de IBM Excavadora, palas y cucharas que siempre me ha parecido brillante. Dos personas observaban una excavadora trabajando. Una decía que, sin aquella máquina, doce personas con palas podrían estar haciendo el mismo trabajo. La otra contestaba que, puestos a crear empleo, también podían quitarles las palas y poner a doscientas personas a trabajar con cucharillas. La moraleja parecía evidente: ¡hay que buscar la productividad! Yo estaba, naturalmente, del lado de la excavadora. Hasta este verano.

Porque resulta que hay ocasiones en las que la cucharilla es la herramienta adecuada. No porque sea más rápida. No porque sea más productiva. No porque permita hacer más. Sino porque permite cumplir el objetivo. Supongo que esa es una de esas pequeñas contradicciones que la vida se divierte poniéndonos delante: descubrir que a veces hay que ir más despacio para avanzar, que la herramienta aparentemente menos eficiente puede ser la más eficaz y que la constancia no siempre consiste en hacer más, sino en seguir haciendo lo que toca. Cucharada a cucharada.

Y este verano he aprendido alguna cosa más. He visto que hay personas que, incluso cuando tienen bastante con lo suyo, encuentran la manera de estar pendientes de los demás. Personas que no necesitan que se les pida ayuda. Que observan. Que resuelven. Que están. Personas capaces de combinar inteligencia, una extraordinaria capacidad de trabajo y una constancia casi irritante con algo bastante menos frecuente: saber cuidar. Sin hacer demasiado ruido.

Este verano he aprendido que cuidar también requiere inteligencia, paciencia y perseverancia. Y que hay personas que parecen llevar las tres cosas de serie. Hoy es un buen día para celebrarlo. 

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