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20 agosto, 2026

 

Boli que no pinta ¡no lo tires!


Mira tu bote de bolígrafos, ¿cuántos tienes que no pintan? Parece que el ser humano tiene en su ADN instrucción innata: Boli que no pinta ¡no lo tires!

Tirar un boli que no pinta parece una decisión ridículamente pequeña… pero activa varios mecanismos que hacen que no lo hagamos. 

Hoy he recibido un WhatsApp con esta frase:

Cuando cojas un boli que no pinta, acuérdate de devolverlo al bote para que los demás podamos hacer lo mismo

Me ha parecido una frase para construir una mug. 

Vamos a ver varias razones que justifican este comportamiento. 

1. No estamos completamente seguros de que esté muerto.
Pensamos: “igual es que ahora no pinta”, “quizá si aprieto más”, “a lo mejor sobre otro papel…”. Esa pequeña incertidumbre hace que retrasemos la decisión. Tirarlo es irreversible; devolverlo al bote mantiene abierta la posibilidad de que todavía sirva.

Aquí aparece algo parecido a la aversión a la pérdida, desarrollada por Kahneman y Tversky: psicológicamente nos cuesta más desprendernos de algo que percibimos como potencialmente útil que soportar una pequeña molestia futura.

2. El coste de conservarlo es prácticamente cero.
Este es probablemente el factor más importante. Tirarlo exige una microacción: decidir que está roto, encontrar una papelera y asumir la responsabilidad de eliminarlo. Volver a colocarlo cuesta literalmente un segundo.

Nuestro cerebro hace una especie de cálculo informal:

¿Qué gano tomando esta decisión ahora? Muy poco.

Resultado: procrastinación microscópica.

3. Preferimos mantener el statu quo.
Samuelson y Zeckhauser estudiaron el sesgo llamado status quo bias: tendemos a mantener las cosas como están cuando cambiar la situación requiere una decisión.

El boli estaba en el bote → lo lógico psicológicamente es devolverlo al bote. Aunque ya sabemos que no funciona.

4. La responsabilidad queda diluida.
Aquí el chiste se vuelve casi organizacional. Si el boli es mío, probablemente lo tiro. Si está en un bote común de la oficina, aparece una lógica distinta:

“¿Y quién soy yo para decidir que este boli hay que tirarlo?”

Es una versión doméstica de la difusión de responsabilidad estudiada en psicología social: cuando algo pertenece al espacio colectivo, nuestra sensación individual de responsabilidad disminuye.

Por eso en las organizaciones existen cosas que todo el mundo sabe que no funcionan pero que nadie elimina: procedimientos inútiles, reuniones absurdas, informes que nadie lee… y bolígrafos muertos.

5. Existe un pequeño efecto de dotación.
Richard Thaler describió el endowment effect (efecto dotación) tendemos a valorar más aquello que ya poseemos que algo equivalente que todavía no poseemos.

Aunque un boli prácticamente agotado valga céntimos, psicológicamente sigue siendo un boli. Tirarlo convierte inmediatamente “algo” en “nada”.

Y nuestro cerebro tiene cierta alergia a esa transformación.

6. Tenemos una sorprendente esperanza tecnológica.
Hay además un comportamiento aprendido: todos hemos tenido alguna vez un boli que no pintaba, lo agitamos, garabateamos furiosamente en una esquina del papel… y volvió a funcionar.

Esa experiencia refuerza la conducta: “Boli que no pinta” ≠ necesariamente “boli muerto”.

Y ahí reside la tragedia del bote de bolígrafos: probablemente contiene un 60 % de instrumentos de escritura y un 40 % de proyectos de resurrección. 😂

Pero hay una lectura todavía más interesante desde la gestión empresarial. El boli es un ejemplo perfecto de cómo las organizaciones acumulan pequeñas ineficiencias porque el coste individual de corregirlas es mayor que el beneficio individual inmediato, aunque el coste colectivo acumulado sea elevado.

Cada persona pierde 10 segundos intentando escribir con ese boli. Nadie pierde 20 segundos tirándolo.

Y el sistema conserva indefinidamente la ineficiencia.

En economía institucional y teoría de organizaciones esto conecta con cuestiones como los costes de coordinación, los bienes comunes y la responsabilidad difusa. James G. March y Herbert Simon también mostraron cómo las organizaciones funcionan muchas veces mediante rutinas y comportamientos satisfactorios (satisficing) más que mediante optimización permanente.

Así que detrás de ese chiste de WhatsApp hay casi una pequeña teoría del comportamiento organizacional:

sabemos que algo no funciona → corregirlo tiene un coste pequeño → el beneficio es colectivo y futuro → nadie actúa → el problema permanece.

Y si sustituyes “boli” por procedimiento, reunión, formulario, norma interna o Excel, deja de ser un chiste. Quizás la frase motivadora que ponga en mi mug sea: 

Principio básico de oficina: si funciona, no lo toques; si no funciona, tampoco

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