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21 agosto, 2026

 

Sinergias para la empresa y ¿para el cliente?



En los últimos años he sido usuario de un gimnasio low cost que ha cambiado de propietarios en varias ocasiones. Cada adquisición llegó acompañada de promesas de mejora, nuevas posibilidades y, en mayor o menor medida, expectativas de que la integración permitiría aprovechar las fortalezas de las empresas implicadas.

Sin embargo, mi experiencia como cliente me ha llevado a observar un fenómeno bastante diferente y, creo, especialmente interesante desde el punto de vista de la estrategia empresarial.

Aunque os voy a contar dos decisiones operativas, en mi opinión discutibles, quiero plantear una cuestión mucho más general: 

Cuando dos empresas se integran, ¿cómo se decide qué prácticas, capacidades y recursos deben mantenerse y cuáles deben sustituirse. Porque integrar no debería significar necesariamente homogeneizar.

La anécdota del sistema de reservas: el valor oculto de una regla sencilla

El sistema de reservas de la empresa adquirida era, en apariencia, una trivialidad. Él usuario entraba en la aplicación, elegía la clase y seleccionaba también su posición: un número en el suelo de la sala de actividades colectivas o una bicicleta determinada en la sala de ciclo indoor. Cuando llegabas al gimnasio, sabía perfectamente dónde tenía que colocarse. Sencillo.Pero precisamente por ser sencillo funcionaba extraordinariamente bien. Cada persona conocía su sitio, el espacio se distribuía de manera ordenada, se respetaba el aforo y las clases podían comenzar prácticamente sin fricciones.

Tras la adquisición, este sistema desapareció.

Actualmente se reserva la asistencia a la clase, pero no una posición concreta. Al llegar, cada participante se coloca donde quiere dentro del espacio disponible. El cambio parece menor, pero sus consecuencias no lo son. Ha aparecido un figura nueva el “polizón”, es decir, una persona que accede a una actividad sin haber realizado previamente la reserva y ocupa un espacio que otros usuarios suponían garantizado. ¡Se supera el aforo! Lo que genera discusiones ocasionales sobre la ocupación de los espacios lo que genera retrasos al comienzo de algunas clases. Cuando esto sucede, el monitor deja momentáneamente de ser monitor para convertirse en gestor administrativo: verifica reservas, identifica asistentes y, en ocasiones, pasa lista. ¡Cielos! Hemos vuelto a primaria.

Desde la perspectiva de la gestión de recursos compartidos, el fenómeno resulta perfectamente reconocible. El trabajo de Elinor Ostrom (1990) mostró que la existencia de reglas claras para la asignación y utilización de recursos comunes resulta fundamental para reducir conflictos y comportamientos oportunistas. Una sala con capacidad limitada es, salvando las distancias, un pequeño recurso compartido. Cuando cada participante tiene asignada previamente una posición, existe una regla clara de apropiación temporal del espacio. Cuando desaparece esa asignación, reaparece la negociación interpersonal sobre quién puede ocupar cada lugar.

Paradójicamente, durante la pandemia aprendimos hasta qué punto la organización espacial y la asignación precisa de posiciones podían contribuir al funcionamiento ordenado de una instalación. Algunos años después parece haberse olvidado aquella lección.

Pero desde el punto de vista de una adquisición empresarial, lo verdaderamente interesante es otra cosa. La empresa adquirida disponía de una práctica aparentemente superior. Sin embargo, en lugar de extenderla al conjunto de la organización, fue eliminada. La empresa compradora homogeneizó el proceso implantado su propio sistema. Y aquí aparece el primer error posible de una integración: confundir estandarización con mejora. La estandarización puede reducir la complejidad interna de una organización, pero no necesariamente crea valor para el cliente. Integrar no significa imponer el sistema de la empresa compradora.

Después de una adquisición resulta comprensible que la organización intente reducir duplicidades. Mantener dos sistemas informáticos, dos formas de trabajar o dos procedimientos diferentes genera costes y complejidad. En algún momento habrá que tomar decisiones. La cuestión relevante es cómo se toman esas decisiones

En términos muy sencillos, cuando dos organizaciones se integran podrían producirse cuatro situaciones:
  • Si la práctica de la compradora es claramente mejor, lo razonable es Adoptarla
  • Si la práctica de la adquirida es claramente mejor, lo razonable es Extenderla
  • Si ambas tienen ventajas diferentes, lo razonable es Integrarlas o combinarlas 
  • Si ninguna resulta satisfactoria, lo razonable es Rediseñar el proceso

Sin embargo, existe una quinta posibilidad, bastante más cómoda:  “Como nosotros hemos comprado la empresa, se utilizará nuestro sistema"

Desde el punto de vista del poder organizativo resulta comprensible. Desde el punto de vista estratégico puede ser un error. Una adquisición debería permitir que la empresa resultante incorporase las mejores capacidades disponibles en las dos organizaciones, independientemente de dónde se hubieran originado. De lo contrario, la empresa compradora corre el riesgo de destruir precisamente una parte del valor que acaba de adquirir.


El caso de los contenidos: cuando la empresa abandona su propia fortaleza

El segundo caso resulta todavía más curioso porque la dirección del cambio fue exactamente la contraria.

La antigua cadena de gimnasios producía internamente sus propios vídeos para las clases virtuales. La empresa compradora, sin embargo, ofrecía contenidos de Les Mills, una de las marcas internacionales más reconocidas dentro del fitness colectivo pre-coreografiado. Para los clientes de la empresa adquirida, la operación generaba una expectativa bastante lógica: formar parte de una cadena mayor podría significar acceder a contenidos de mayor calidad, coreografías estandarizadas internacionalmente, producción audiovisual profesional y una marca ampliamente reconocida dentro del sector. Es decir, una de las promesas implícitas de la adquisición podía ser precisamente la ampliación y mejora de la oferta. 

Pero sucedió lo contrario. La empresa resultante dejó de ofrecer Les Mills y empezó a producir sus propios contenidos, aprovechando aparentemente la capacidad de producción audiovisual que ya existía en la empresa adquirida.

El resultado es paradójico.
  • En el sistema de reservas, la empresa compradora no aprovechó una capacidad aparentemente superior de la empresa adquirida.
  • En los contenidos, en cambio, abandonó una propuesta que muchos clientes podían percibir como superior para adoptar la solución interna procedente de la empresa adquirida.
En otras palabras: en ambos procesos parece haberse seleccionado la alternativa que aportaba menos valor percibido al cliente.

Dos grupos de clientes, dos expectativas diferentes

Después de una adquisición no existe un único tipo de cliente. Existen, al menos, dos.
  • Los clientes de la empresa compradora parten de una expectativa básica: “Espero, como mínimo, no perder aquello que ya tenía.
  • Los clientes de la empresa adquirida pueden desarrollar otra expectativa: “Si ahora pertenezco a una empresa mayor, probablemente tendré acceso a mejores servicios, más recursos o nuevas prestaciones.”
Por tanto, una misma decisión puede generar frustración por razones distintas.
  • Para los clientes de la empresa compradora: una pérdida respecto a su situación anterior
  • Para los clientes de la empresa comprada : una expectativa de mejora que no llega a materializarse.
La teoría de las perspectivas de Kahneman y Tversky ayuda a entender especialmente bien el primer fenómeno: las personas tienden a experimentar las pérdidas con una intensidad superior a las ganancias equivalentes. En consecuencia, eliminar una prestación que el cliente ya considera parte de su servicio puede tener un impacto psicológico desproporcionado respecto al ahorro que esa eliminación representa para la organización.

El segundo fenómeno puede interpretarse a través de los modelos de expectation-disconfirmation (modelo de desconfirmación de expectativas) desarrollados en la literatura sobre satisfacción del consumidor, especialmente por Richard Oliver. La satisfacción no depende únicamente de la calidad objetiva del servicio recibido. Depende también de la comparación entre lo que el consumidor esperaba recibir y lo que finalmente recibe.

Una adquisición empresarial genera expectativas. Y las expectativas, aunque no aparezcan en el balance, también forman parte del valor que la empresa debe gestionar.


¿Sinergias para quién?

Las adquisiciones suelen justificarse mediante la búsqueda de sinergias. La formulación económica es conocida:
El valor conjunto de las empresa resultante debería ser superior al valor que tendrían funcionando independientemente. 
Pero existe una cuestión que a veces queda en segundo plano: ¿Para quién se generan esas sinergias? Muchas de las sinergias más fáciles de identificar después de una adquisición son internas: reducción de proveedores, eliminación de estructuras duplicadas, integración de sistemas, centralización de funciones, aprovechamiento de economías de escala o disminución de determinados costes.

Todas ellas pueden ser perfectamente razonables.

El problema aparece cuando una sinergia interna genera simultáneamente una antisinergia para el cliente. Imaginemos, por ejemplo, que sustituir una licencia externa por contenidos propios reduce significativamente los costes de explotación. Desde el punto de vista contable, el ahorro resulta perfectamente visible. Lo que resulta mucho más difícil de medir es la posible pérdida de valor percibido asociada a esa decisión: menor satisfacción, menor diferenciación, deterioro de la experiencia, aumento de las bajas o reducción de la recomendación.

Desde fuera resulta imposible conocer las razones exactas que llevaron a cancelar la utilización de Les Mills. La decisión podría responder a múltiples factores. Sin embargo, sí resulta compatible con una lógica de reducción de costes: sustituir una licencia externa por una capacidad de producción que ya se encuentra disponible dentro de la organización.

La pregunta estratégica relevante no es, por tanto, si la decisión permite ahorrar dinero. Probablemente lo permite. La pregunta es otra: ¿el ahorro obtenido es superior al valor que el cliente percibe que ha perdido?

Y esa segunda cifra es considerablemente más difícil de introducir en una hoja de cálculo.

Kaplan y Norton advirtieron precisamente de las limitaciones de gestionar las organizaciones exclusivamente mediante indicadores financieros. La ventaja competitiva depende también de activos y capacidades que no siempre aparecen de forma inmediata en los estados financieros: conocimiento, procesos, relaciones con clientes, reputación o calidad percibida.

Desde la perspectiva de los recursos y capacidades, desarrollada entre otros por Barney (1991), el valor estratégico de una organización reside precisamente en determinadas capacidades que permiten crear ventajas difíciles de replicar.

Una adquisición debería ser una oportunidad para identificar esas capacidades. No para eliminarlas accidentalmente durante el proceso de integración.

El verdadero problema: seleccionar qué conservar

Los dos pequeños ejemplos del gimnasio muestran, en realidad, dos posibles errores de integración.

  • El primero podría denominarse dominancia organizativa: “Se aplicará nuestro sistema porque somos la empresa compradora.”
  • El segundo podría ser la dominancia del coste: “Se aplicará esta solución porque resulta más barata.”
Son criterios comprensibles. Pero ninguno de ellos responde necesariamente a la pregunta fundamental: ¿Qué alternativa genera más valor para el cliente? Y quizá ese sea uno de los riesgos menos visibles de muchas adquisiciones.

Las organizaciones dedican enormes esfuerzos a valorar empresas antes de comprarlas: realizan due diligence, analizan estados financieros, estiman sinergias, valoran activos, negocian precios e intentan anticipar riesgos.

Sin embargo, una vez cerrada la operación comienza otra tarea igualmente importante: decidir qué elementos de cada organización deben sobrevivir.

Porque comprar una empresa no significa únicamente adquirir sus instalaciones, sus contratos o sus clientes. También significa adquirir sus procesos, sus conocimientos y sus pequeñas soluciones cotidianas. Algunas pueden parecer insignificantes. Por ejemplo, permitir que un usuario elija el número del suelo donde va a realizar una clase. Pero precisamente ahí puede encontrarse parte del valor.


Integrar debería significar quedarse con lo mejor

Quizá la lección pueda resumirse de una forma muy sencilla.
Si la empresa A compra la empresa B, el objetivo de la integración no debería ser conseguir que B se parezca cuanto antes a A.
Tampoco debería consistir exclusivamente en buscar qué elementos pueden eliminarse para reducir costes.

La verdadera oportunidad consiste en construir una empresa C capaz de incorporar lo mejor de A y lo mejor de B.

En el caso que he vivido como cliente, la impresión es justamente la contraria. En un ámbito se eliminó una buena práctica procedente de la empresa adquirida. En otro se eliminó una prestación valiosa procedente de la compradora. Los clientes de la comprada perdimos algo que funcionaba y vimos defraudadas nuestras expectativas de mejora. Y los clientes de la compradora no se han beneficiado de algo que funcionaba (la reserva de posición) y además han perdido un servicio premium. 

Tal vez por eso, antes de sustituir un proceso después de una fusión o adquisición, merezca la pena formular tres preguntas extraordinariamente sencillas:
  1. ¿Qué funciona mejor?
  2. ¿Qué valora más el cliente?
  3. ¿Qué perderíamos si lo eliminamos?
Porque una adquisición crea valor no cuando la empresa resultante consigue ser más uniforme, sino cuando es capaz de conservar y combinar las mejores capacidades de las organizaciones que la forman.

Y a veces una gran lección sobre estrategia empresarial puede empezar con algo tan poco sofisticado como un número pintado en el suelo de una sala de gimnasio.

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