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13 febrero, 2015

 

Hay que hacer, lo que hay que hacer


El águila empujó suavemente a sus crías hacia el borde del nido. Su corazón temblaba con emociones conflictivas porque sentía la resistencia que oponían sus crías a los golpes persistentes. “¿Por qué la emoción de volar tiene que comenzar con el temor a caer?”, pensaba el águila. Esta pregunta no tenía respuesta para ella.

De acuerdo con la tradición de las especies, su nido se encontraba en lo alto de una montaña. Abajo no había otra cosa que aire para apoyar las alas de cada cría. El águila pensaba: “¿Será posible que esta vez no funcione?”. A pesar de sus temores, sabía que ya era hora. Su misión como madre ya había concluido. Sólo faltaba una última tarea: el empujón.

El águila tomó coraje apoyándose en su sabiduría innata. La vida de sus crías no tenía sentido hasta que descubrieran sus alas. Si no aprendían a volar, jamás comprenderían el privilegio de haber nacido águilas. El empujón era el mejor regalo que ella podía ofrecer. Era su acto supremo de amor. Y así empujó una a una suavemente a sus crías… ¡Y volaron!

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